El grito de la mariposa es un poemario que la autora presenta impecable y explícitamente en su nota al lector, a la que hay que remitirse: “Si pudiera comparar mi yo ontológico con una casa, diría que en los últimos tiempos se han cambiado los muebles de lugar. Han bajado del desván la infancia, adolescencia y juventud, para volverse a hacer un sitio entre mis cosas más al uso. Los trastos inservibles, acumulados durante más de 30 años, duermen ahora encerrados allá arriba. Estos poemas están inspirados en situaciones, lugares y, sobre todo, en las personas que en estos seis últimos años de mi vida me ayudaron a hacer la mudanza”.

Luz Macías es una escritora que ha amado la poesía mucho antes de publicarla. Esta primera obra consta de 39 poemas de verso libre, rima constante y métrica irregular, con la excepción del soneto que da título al libro.

Poesía intimista, cercana, familiar, con un regusto a las canciones lorquianas y a los ‘viajes definitivos’ de Juan Ramón Jiménez. Tiene una indudable voz propia con logros como estos: “¿Cómo puedo vivir / si he olvidado tus manos?”.

Luz ha pertenecido al mundo de la música, en el que ha trabajado más de 20 años, y la música se ha colado en sus composiciones, porque los ríos, las orquídeas y los balcones floridos se engarzan en una gargantilla de perlas naturales con la sonoridad de una cítara.

Los poemas pastoriles los encadena con otros en los que saca a relucir su fuerza, su temple y su constelación. Entra en un soliloquio con el amado, para tener siempre la última palabra en una relación que se adivina rota: “Te arranqué el corazón, lo merecías, / que demasiadas veces me partiste tú el alma”. Con todo, la poetisa no descuida la realidad social, y en La Patera denuncia la maldad “infame” del hombre.